Estaba pensando un poquito sobre qué podía escribir, y bueno, pensé, por qué no relato un viaje que hice hace 65 años? Por qué no contar lo que viví, lo que sentí, aquélla vez? Aquélla vez en la que me llevaban en un vagón de tren para el transporte de ganado, afinado junto a cadáveres, locos, enfermos y demás seres ultrajados prestos a convertirse muy pronto en cenizas que abonen campos, o bien en trabajo que las emplee, aunque más tarde vaya a convertirse en cenizas igualmente. Un vagón destartalado, con olor a pis y demás heces, olor a muerte y sobre todo, olor a páninco. Me imaginé que aquéllos campos verdes, salpimentados con casitas de una sóla estancia, de aspecto duro pero frágiles como espuma, casitas en verdad que parecían de mentira, casitas desangeladas, eran como playas de libertad, y la dulce brisa que sacudía las hierbas eran olas que me mecían en un sueño del que no querñia despertar. Acercándonos a Varsovia, el panorama no era mucho más alentador. Los cuervos habitaban el suelo de las plazas y los tejados de la misma forma que las palomas lo hacen aquí. Ensuciaban lo mismo que ensucian aquí. Pero acojonaban más. En realidad, mis primeras sensaciones nada más bajarme de aquél tren, y recorrer con mi macuto los entesijos subterráneos de los pasillos que conducían al hall, fueron desconcertantes. En aquél instante, me dí realmente cuenta de que había atravesado un mundo, que en aquél lugar, el reloj se detuvo. No tardamos mucho tiempo en llegar al Ghetto, donde el dolor y la desolación estucan las fachadas de los edificios y la gravilla del suelo. Donde no hay bares ni se escuchan risas. Donde sólamente aquéllos que se conocen se miran a la cara. Volvimos al tren, y emprendimos viaje. Pude bajar la ventanilla del paso entre los vagones, donde había un retrete del cual manaba una peste infernal, pero también escondía medio metro cuadrado donde poder sentarse en el suelo, e intentar dormir el cuerpo y descansarlo, amén de la cabeza que sigue a su ritmo pensando en esto uno y lo otro.
La nave tenía una forma de granja de pollos, extendiéndose a derecha e izquierda ante nuestros ojos. No era muy ancha, apenas diez metros, pero sí muy larga. El ala izquierda son oficinas, el ala derecha parecen ser dormitorios. Justo en el centro de la estructura, una torre, con dos escotillas de medio cuerpo. Ambas cruzadas por dos astillas de madera corroída,y debajo de la torre, un arco de ladrillos lo suficientemente grande como para que la locomotora lo atravesase sin rozarla incluso con la chimenea. Las puertas de hierro, de dos hojas soldadas en mil barrotes, se abrieron nada más vernos llegar. Sabíamos dónde estábamos, pero no queríamos creerlo. El campo 1, a unos tres kilómetros de allí, era más penqueño. Estaba compuesto por numerosos edificios en ladrillo, robustos y bien construídos, que habían pertenecido alguna vez alejército polaco, sin embargo, ahora el hijo de puta de Adolfo, había instalado allí su cuartel. Pero había sido tan cobarde, que no era él personalmente quien lo dirigía, sino el señor Höss. Auschwitz era por aquél entonces el mayor campo del tercer Reich. Pero aún había más. La entrada al campo 1 estaba regentada por un largo camino de grandes chopos y plataneros. Nada más llegar a la puerta, los robles inponían más respeto. Una puerta gigantesca pero simple, en hierro fundido, que cuelga de los hombros de una valla con alambre de espino alborotado en la cima, y clavada a conciencia en el suelo engravillado cada pocos metros sirve de cobijo a una frase que pretende dar la bienvenida: Arbent macht frei, el trabajo os hará libres.
Poner un pie sobre la vía del campo de Auschwitz, quedarse parado, mirando al frente, allá donde los árboles más altos pierden sus hojas sacudidas por el viento vago y rafagoso, percibir todo aquél macramé de sonidos, olores, llantos y disparos, pisando las piedras que condicionaron millones de destinos, viendo con mis propios ojos el último recorrido de tantos hombres cuyos ojos no vieron más una vez lo andaron hasta el final, recorrer con la imaginación aquéllos cientos de metros mezclados entre ellos con dirección a las cámaras de gas, sentir su desazón en los hombros, como un peso que te agota y parece empujar para hacerte doblar las rodillas, y poco a poco, darse la vuelta, y mirar el mismo edificio sin retorno por el cual acabamos de entrar, pero desde el otro lado, es una sensación tan indescriptible, que no seré yo quién lo haga. Desde el lado donde las pesadillas toman cuerpo, y van disipando una por una, todas las vidas que haga falta, para convencer hasta el más incrédulo, de que lo que pasaba, no era un chiste, sino más bien la versión demoníaca de una realidad que había avanzado demasiado poco en la cabeza de los nazis. Así, allí mismo, con mi macuto en la espalda, me separaron de mi vida. Una parte se dirigió a un barracón, donde malvivía y lamentaba mi suerte, junto a otros mil desgraciados, rotando los puestos con otros vivos que poco tardarían en ser reemplazados por otros vivos, que al final, también morirían. La otra parte, el 51 por ciento, se fue con mi mujer y mi niña hacia otro edificio, más abajo, cerca de los árboles, del cual nacían seis enormes chimeneas. Estaba claro que iban a trabajar duro en aquélla especie de factoría.
Cuando volví, y después de algún tiempo, logré asimilarlo, ya era demasiado tarde para hacer nada al respecto. Sin embargo, algo, o todo mejor, cambió en mí. Ya no veo la vida de la misma forma. Cuando subía las escaleras desgastadas por el centro a causa de tanto subirse y dessubirse pasando y traspasando cientos de veces, y siempre por el mismo lado, cavilaba sobre qué habría arriba. Toneladas de maletas, de cepillos de dientes, de camisas, de zapatos, de baterias de cocina, cuchillas de afeitar, incluso, el último de los edificios, conserva bobinas de tela, tela con la confeccionaban los uniformes, tela... bueno, tela que no era sino cabello de judíos, arrancados de su cabeza y de su alma, para el uso textil del ejército del tercer reich.Algo que nunca olvidaré. Fue elviaje que hice a aquélla época. Cierta olor desagradable, vuelve todavía a mis narices cuando mi cabeza decide pensar en ello. Desde luego que no fui en 1943 sino hace apenas 4 años, pero... en realidad, no sé, creéis que hemos avanzado mucho????? Dejo las fotos para que las veáis. |